
Considero que el trabajo con la sombra personal es uno de los pilares fundamentales para lograr una genuina autoaceptación. Por que como muy bien se expone en el libro: En la oscuridad de la sombra está también nuestra plenitud.
Considero que el trabajo con la sombra personal es uno de los pilares fundamentales para lograr una genuina autoaceptación. Por que como muy bien se expone en el libro: En la oscuridad de la sombra está también nuestra plenitud.
Brené Brown nos acerca al concepto de la vaía personal sin requisitos previos. Siendo el mayor desafío del ser humano sentir que somos valídos ya, en este mismo instante.
Cuando estamos dispuestos a ser imperfectos y reales, recibimos lo que ella denomina los dones de la imperfección: Coraje, compasión y conexión.
Un libro de los que yo considero imprescindibles.
There is a crack in everything. That´s how the light gets in.
Leonard Cohen
Hace ya algunos años, cuando me mudé llena de ilusión al primer despacho que alquilé, una figurita que representa un hada fue uno de los variados objetos decorativos que compré para hacer de aquel espacio un lugar acogedor.
Siempre me han fascinado esos seres pequeños y sobrenaturales con sus poderes mágicos, de modo que cuando vi aquella hadita en el escaparate de una tienda, no dude en que sería perfecta para mi nueva ubicación.
El caso es que en el mismo instante en el que desempaqueté el hada de su envoltorio… ¡catapumba!… el hada se me cayó de las manos, y se le rompieron las alas y un brazo… Pese a ser consciente de que tan sólo era un objeto que representaba a un hada, y que no se trataba de un hada de verdad… he de confesar que algo de superstición habita en mí.
Mi mente experta en asociación libre, se puso en acción de inmediato “… alas rotas = sueños rotos = Maite no te va a ir bien, y esto que ahora empiezas va a ser un fracaso para ti”… Alentador, ¿verdad?
Intenté pegar las alas con varios productos, pero al parecer la rotura era tan mala que pasados unos minutos, las alas volvían a caerse de su sitio.
Contemplar aquella figurita ahora “imperfecta” en una balda en mi “perfecto” despacho, junto con mis pensamientos supersticiosos como aderezo, hizo que decidiera sacar el hada de allí, y llevármela a mi casa.
A lo largo de estos años, la pobre hada ha ido ocupando anodinos espacios dentro de mi casa, pasando completamente desapercibida, y es que al fin y al cabo ¿qué es un hada sin alas? ¿Y además sin brazo?
No podía desprenderme de ella, pero tampoco podía dejar que ocupara su lugar… Y ahora que estoy escribiendo estas líneas, no puedo evitar establecer una conexión, a modo de metáfora, entre el hada y mi hija June.
Por aquel entonces, aún me dolía profundamente el bofetón que supuso conocer que alguna rara enfermedad estaba provocando un retraso importante en el desarrollo de June, y la negación que aún ocupaba todo mi mapa emocional, no me permitía aceptar que June no era esa niñita “perfecta” que a simple vista parecía.
Muchos de mis posts me han servido como vehículo para canalizar y dar salida a todas las emociones vividas a lo largo de estos años, en los que he ido recorriendo el camino, muchas veces complicado, de la aceptación, hasta conseguir abrazar a mi hermosa hija tal cual es, sin negaciones, sin maquillajes, sin desvíos.
En este sentido, siento que poco tengo que ver con aquella persona que se compró una bonita hada con la que adornar su precioso y perfecto despacho, ya que inevitablemente las experiencias que la vida nos brinda ejercen su función transformadora. De este modo, hace tiempo que abracé la idea que Brene Brown transmite en su obra: Los dones de la imperfección, acerca de la valía personal sin requisitos previos, y como en la aceptación de nuestras imperfecciones y, por ende, las de los demás, podemos encontrarnos con nuestras virtudes más auténticas.
Es así como quitándome las gafas de la perfección, he podido cuidar y mimar las imperfectas alas de mi hija para que, dentro de sus limitaciones, pueda aprender a volar.
Idéntico proceso es el que realizan las personas que llaman a mi puerta sintiéndose insatisfechas con sus alas. Y así consiguen sanar viejas heridas en unos casos, en otros arreglan sus alas haciéndolas más fuertes y resistentes y, en otros, aceptan sus alas tal como son porque están bien así, tal como son.
Así es como luce ahora mi hada. Le falta un brazo y un trozo de ala, pero ahí la puedes ver ocupando su lugar, y acompañándome en cada sesión.
La vida no lo pone fácil
A veces la vida no lo pone fácil
porque hay días que son como pasillos angostos
que debes cruzar entre fantasmas y despedidas.
Son malos días para subirse a un libro de Pessoa
o para abrir la voz de Damien Rice por el pasillo,
aunque sepas de sobra que ambos te comprenden.
Solo queda tratar de llenarlos con buena compañía,
con una película sin fondo, o un partido contra la nostalgia,
– o con las palabras precisas de alguien que te haga ver que no hay tanto
desamparo en la caída, que caer es una forma de sentirse vivo –.
Eso y esperar a que de madrugada el viento de la noche empuje,
como si de un barco se tratara, todo ese gris tan nuestro
y traiga limpio el porvenir,
porque que lo cierto es que cuando vienen días como estos,
y se quedan,
uno tiene la sensación
de que la vida no ha empezado,
de que la vida aun
no ha empezado del todo.
Extraído del libro “Todos mis futuros son contigo” de Marwan
Descubrí a Marwan hace poco tiempo de manera “casual” cuando trataba de sintonizar una emisora de radio que me acompañara de camino a una jornada de trabajo en una empresa con la que colaboro…”Convertir lo ordinario en extraordinario, eso es la poesía”. Es la frase que se coló nítidamente entre tanto sonido distorsionado, y que hizo que apartara el dedo del botón de inmediato. Me Encantan los aforismos, y los juegos de palabras, porque consiguen transmitir mucho con muy pocas palabras.
Desde aquel día, su libro está en mi mesita de noche acompañándome en mis frecuentes desvelos.
“Convertir lo ordinario en extraordinario”…La frase acudía a mi una y otra vez al tiempo que muchas imágenes se agolpaban en mi mente pidiendo paso. Mi hija June, mi madre, mi madre y mi hija June…sin duda dos seres ordinarios a los que les pasan cosas extraordinarias, pensé.
En realidad, mi pequeña June poco tiene de ordinario, no sólo por el adjetivo que pone nombre a la enfermedad que al parecer tiene, “rara”, y de tan rara que es, no sabemos aún ni su nombre, sino porque todo lo que con su esfuerzo va consiguiendo June, es extraordinario.
Así, logros tan “normales” para cualquier niño como gatear, andar, correr… sentarse, comunicarse, hablar…para ella son extraordinarios. Pero lo más elevado en el escalafón de cosas extraordinarias, es ella en sí misma. La falta de lenguaje y sus dificultades motrices han originado un repertorio de gestos y expresiones únicos, que provocan que te la comas a besos.
Su mirada que ilumina mis días más oscuros, su risa contagiosa, su emoción que de tan intensa le sale hasta por los poros de la piel… June es poesía.
Es bastante normal que con el paso de los años perdamos muchas de nuestras capacidades, y desarrollemos enfermedades. A mi madre le diagnosticaron no hace demasiado tiempo una “Afasia degenerativa” que le está dejando sin palabras, literalmente. Está perdiendo su capacidad para comunicarse con el lenguaje, y siendo consciente de ello. Hasta ahí todo ordinario. Lo extraordinario es la actitud desde la que acepta todo esto, sin quejas, sin dar la
lata, sin perder su sentido del humor, ni la bondad que irradian sus ojos… Mi madre es poesía.
Mi madre y June… June y mi madre… las dos me quitan horas de sueño, y las dos me enseñan tanto… He escrito muchos posts sobre el proceso que voy haciendo a lo largo de los 6 años de vida de mi hija para aceptar y amarla tal cual es, y aún así, muchas veces me vuelvo a situar en la casilla de salida, o en caídas al vacío, cuando la desesperación se apodera de mí. Lo de mi madre ha sido una sacudida demasiado grande como para “tomar a pelo”, aun me tiene aturdida, y se que tengo mucho camino por recorrer.
Pero, de momento, solo me queda tratar de llenar estos días con buena compañía, con una película sin fondo, o con un partido contra la nostalgia…como dice Marwan.
Este post va a ser un poco diferente, ya que no voy compartir en él ninguna de mis reflexiones como acostumbro a hacer, y es que quiero dar este texto de Virginia Satir, que para mí es una especie de credo, todo el protagonismo.
Acostumbro a enviárselo a mis clientes para que se lo pongan en un lugar bien visible en sus casas con el objetivo de que lo tengan muy presente cada día.
Os dejo con él:
Mi declaración de autoestima
Yo soy yo.
En todo el mundo no existe nadie exactamente igual a mi.
Hay personas que tienen aspectos míos, pero en ninguna forma el mismo conjunto mío.
Por consiguiente, todo lo que sale de mi es auténticamente mío
porque yo sola lo elegí. Todo lo mío me pertenece:
mi cuerpo,
todo lo que hace;
mi mente, con todos sus pensamientos e ideas;
mis ojos, incluyendo todas las imágenes que perciben;
mis sentimientos, cualesquiera que sean: ira, alegría,
frustración, amor, decepción, emoción;
mi boca, y todas las palabras que de ella salen, refinadas, dulces, o cortantes,
correctas o incorrectas;
mi voz, fuerte o suave,
y todas mis acciones, sean para otros o para mí.
Soy dueña de mis fantasías,
mis sueños,
mis esperanzas,
mis temores.
Son míos mis triunfos y mis éxitos,
todos mis fracasos y errores.
Puesto que todo lo mío me pertenece,
puedo llegar a conocerme íntimamente.
Al hacerlo, puedo llegar a quererme
y sentir amistad hacia todas mis partes.
puedo hacer factible
que todo lo que me concierne funcione
para mis mejores intereses.
Sé que tengo aspectos que me desconciertan
y otros que desconozco.
Pero mientras yo me estime y me quiera,
puedo buscar con valor y optimismo soluciones para las incógnitas
e ir descubriéndome cada vez mas.
Como quiera que parezca y suene,
diga y haga lo que sea,
piense y sienta en un momento dado,
todo es parte de mi ser.
Esto es real y representa el lugar que ocupo en ese momento del tiempo.
A la hora de un examen de conciencia, respecto de lo que he dicho y hecho, de lo que he pensado y sentido, algunas cosas resultarán inadecuadas.
Pero puedo descartar lo inapropiado,
conservar lo bueno
e inventar algo nuevo
que supla lo descartado.
Puedo ver, oír, sentir, decir, y hacer.
Tengo los medios para sobrevivir,
para acercarme a los demás,
para ser productiva
y para lograr darle sentido y
orden al mundo de personas y
cosas que me rodean.
Me pertenezco y así puedo estructúrame.
Yo soy yo y estoy bien.
Virginia Satir, 1975.
“Amar lo que es” (Byron Katie) es el título del último libro que acabo de devorar. Cuando lo vi en la librería, pensé: “qué extraño que en ninguna otra ocasión me haya fijado en este libro, ¡con la pinta que tiene de gustarme!”. Seguramente antes de ese día podría haberlo visto, y podría incluso haber ojeado su contenido, ya que la primera edición es del 2002. Pero probablemente no había llegado mi momento para apreciar lo que dicho título trascendía.
Soy consciente de que desde hace algún tiempo un único tema ronda en mi cabeza todo el tiempo, y no es otro que el de aceptar la realidad tal cual es. Esto se refleja en todos mis ámbitos: en las sesiones de trabajo, en mis conversaciones con amigos y familiares, en los posts que escribo, en los libros que leo…
Cierto es que estoy en plan monotema, y cierto es también que yo siempre hablo desde mi experiencia, desde mis vivencias, desde lo que he constatado que funciona y lo que no. Y tengo la absoluta certeza de que esa pequeña y simple frase: “Amar lo que es”, es el trampolín que nos impulsa a reconciliarnos con nosotros mismos y con la vida y, por consiguiente, a tener esa percepción subjetiva de felicidad.
Ya desde que era una entusiasta estudiante de psicología sabía que no bastaba con sólo estudiar mucho, ni con leer cuantos libros pasasen por mis manos, ni tan siquiera con hacer el mejor master del mercado. Sabía que para llegar a ser un buen terapeuta de la corriente que fuera, era necesario pasar por tu propio proceso personal.
El hecho de haber experimentado en mis propias carnes lo que supone desnudarse (no en sentido literal, claro está) ante otro, ahondando en lo más profundo de tu ser, indagando en tus contradicciones, mirando de frente a tus miedos sin huir, poniendo un poco de luz en aquellas zonas que están algo oscuras y, finalmente, aceptando que lo que es, es. Así es como ahora puedo ser yo la que se sienta frente a ese otro agudizando todos mis sentidos y poniéndome en sus zapatos para aportar algo de luz en su camino, teniendo siempre presente que hasta que esa persona que me brinda el honor de acompañarla en su camino no acepte su realidad sin querer hacer retoque alguno, nada realmente valioso conseguirá.
En algún otro post ya he hablado de mi hijita pequeña June, y de cómo sus 3 años de vida, me han servido para realizar el mayor aprendizaje que he hecho hasta ahora, que no es otro que aceptar que lo que es, es, y amarlo tal cual.
June es una preciosa niña con unos enormes ojos azules que se comen el mundo, que desprende amor por cada poro de su piel y que, entre otras cosas, se ha propuesto despistar a toda la comunidad médica y científica de parte de Europa y de Estados Unidos. Nadie hasta ahora ha logrado descifrar el enigma de por qué June no se desarrolla como lo hacen casi todos los niños del planeta. Digamos que ella tiene otro patrón, un ritmo más lento, diferente…
No penséis que yo siempre he podido hablar de June con esta naturalidad. Al principio, como toda situación difícil, negaba esta realidad, no quería, o más bien no podía, ver que mi preciosa niñita tuviera dificultades. Después la comparaba con lo que hacía su hermana, con lo que hacían otros niños en el parque, con lo que hacían los hijos de mis amigas, y pensaba: “¿Y por qué June no?”. Y lo más doloroso de todo era un interrogante que rondaba continuamente en mi cabeza: “¿Y por qué a mi?… ¿Por qué a June?”
Enorme sufrimiento el de aquella época de mi vida, y no por el hecho en sí. A June se la veía feliz!. Siempre ha transmitido una enorme paz y amor. Era yo la que no podía aceptar a mi hija y amarla tal cual era. En aras a reparar aquello defectuoso que había en ella, intentamos de todo, desde la medicina tradicional, hasta las más extrañas y alternativas corrientes de medicina natural. Obviamente nada funcionó. June seguía obstinada en crecer y evolucionar a su ritmo…
Muchos acostumbran a decir que el tiempo hace su trabajo y lo cura todo, y que al final uno se resigna. Sin embargo, yo no estoy nada de acuerdo con esta postura. El tiempo por si sólo no hace nada. Es más, incluso puede enquistar las heridas. Es necesario acompañar al tiempo con algo más. De lo contrario, surge la resignación y el sin sabor que muchas veces experimentamos en las vidas que llevamos.
Creo que todo tiene un proceso y que a la negación, y al victimismo iniciales, ha de seguir la tristeza. Es sano y necesario permitirnos estar tristes y reconocer que tenemos miedo, pero que a pesar de ese miedo ni huimos, ni lo evitamos buscando distracciones, o las tan conocidas vías de escape. Esa es, sin duda, la vía que abre las puertas de la aceptación, la cual a su vez nos pone ante la posibilidad de que algo cambie.
Hoy puedo decir que no sólo acepto a June tal y como es, sino que además la admiro!. Admiro su tesón, su capacidad de esfuerzo, su saber esperar, su belleza, su curiosidad recién descubierta, su manera de disfrutar intensamente de las cosas que la vida le ofrece…
Y curiosamente desde que este cambio se ha producido en mi, mi pequeña parece que ha pisado el acelerador de sus aprendizajes… ¿Tendrá algo que ver mi cambio de actitud?.
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